Blog Andres Nuñez

Números o estrellas de oro para calificar, ¿cuál usar para transformar el aprendizaje?

Aún recuerdo mis épocas de colegio, cuando nos entregaban las calificaciones al final de periodo en un cuadernillo. Debo admitir que, aunque fui un estudiante aplicado, la entrega de notas nos generaba sentimientos que iban desde la incertidumbre hasta la frustración, y para quienes encontraban varios rojos en sus cuadernillos, podía ser una experiencia aterradora.

Ahora que han pasado los años y veo a mis compañeros realizados profesionalmente, incluso a quienes no siempre obtenían las mejores notas, me pregunto si esos números, letras o puntajes, en realidad representaban lo que éramos o lo que somos como pensadores, creativos y solucionadores de problemas. La respuesta es no.

La popular afirmación “un número no te define” es totalmente acertada, pues estos puntajes no representan lo que aprendimos, lo que sabemos, lo que podemos hacer, las habilidades que adquirimos ni los hábitos y comportamientos útiles para la vida profesional y cotidiana que conseguimos.

Ese era nuestro caso hace ya algunos años; ahora veamos el momento actual. Para los jóvenes de las nuevas generaciones, que desarrollan muchas de las habilidades del siglo 21 de manera innata e intuitiva, y en actividades auto dirigidas, fuera de las aulas, la colección de insignias digitales les genera mayor entusiasmo que la obtención de un diploma tradicional.

Esto sin duda nos plantea otro desafío como universidades, nos invita a repensar procesos y a ver en las herramientas digitales una oportunidad para enganchar a las nuevas generaciones, al tiempo que les ofrecemos aprendizaje de calidad. Comparadas con las calificaciones tradicionales, las insignias son recursos que miden de manera más exacta las competencias.

Es momento de dejar de valorar a nuestros estudiantes por el tiempo que pasan en el asiento, en el aula, en el libro; debemos acelerar el cambio, la transición para crear estudiantes más curiosos, interesados, creativos y, en general, competentes, útiles para la industria y, aún más importante, para la sociedad.

Los educadores comparten este compromiso y la preocupación es que las métricas de evaluación solo proporcionan una visión parcial de las habilidades del alumno. Los distintivos digitales ofrecen un ecosistema flexible e inclusivo que conecta el aprendizaje formal e informal, las habilidades y las disposiciones, las competencias y las habilidades; todo en una receta exitosa que garantiza la formación de profesionales de calidad.

Además, las insignias ofrecen una manera de reconocer formas no tradicionales de aprendizaje. Son una herramienta más para sumar crédito por esas habilidades que adquieren los alumnos, en un conjunto de entornos de aprendizaje. Es algo muy similar a conseguir insignias de boy scout; no se evalúa por competencias básicas sino por habilidades como acampar, vivir en familia, servir a la comunidad, nadar o prepararse en primeros auxilios.

Algo parecido debería ocurrir con la educación superior, pues el aprendizaje de hoy ocurre en todas partes, gracias a las nuevas tecnologías. El problema está en que los jóvenes tienen pocos medios para legitimar este aprendizaje, para que sea reconocido por las instituciones académicas formales y por la fuerza laboral.

Las insignias continúan siendo una herramienta pedagógica y tecnológica emergente para la educación superior en América Latina, pero ya son numerosos grupos, organizaciones, proyectos educativos y empresas alrededor del globo, las que han apostado por esta herramienta.  La razón es sencilla: reconocen competencias o conocimientos adquiridos en alumnos o empleados, rompiendo los esquemas tradicionales. Esto, además, está ampliamente relacionado con la motivación.

Una pieza clave para las nuevas generaciones

En mis actividades en la que realizo curación de contenido, encontré una entrada muy interesante sobre el poder de las insignias digitales. Lo invito a leerla, desde mi sección Comparto.

Lo que más llamó mi atención sobre este artículo es que la autora hace énfasis en el impacto de las insignias como motivadoras de la participación en el aprendizaje, ofreciendo un reconocimiento público, a medida en que se superan los objetivos establecidos.

Incluso afirma que si estas se adjudican desde las primeras fases del aprendizaje, el reconocimiento resulta muy motivante para el estudiante y le da la confianza para seguir trabajando por la oportunidad de obtener insignias, claro, por las competencias más complicadas.

Esta validación, tal como con los videojuegos, ofrece una sensación de progreso, de satisfacción y de superación, incluso si no se llega al final porque en el camino se adquieren experiencias y habilidades valiosas. Si lo pensamos con detenimiento, hasta es interesante verlas como nuevas áreas de evaluación. En lugar de utilizar un examen de 5 puntos en una hoja, sus docentes pueden crear insignias alrededor de esos mismos conceptos.

Pero no será sobre las inteligencias comúnmente evaluadas, como la lógica matemática o la lingüística, sino sobre aquellas que desarrollen las relaciones interpersonales e intrapersonales, tales como la puntualidad al llegar a clase, la solución más creativa a un problema, la perseverancia en el aprendizaje y la capacidad de innovación, entre otras.

Esto, además de involucrarlos en el proceso y motivarlos les dará la posibilidad de convertirse en los responsables de crear insignias y, por qué no, nominar a otros de sus compañeros. Algunas veces ellos pueden valorar más las habilidades de sus pares que los mismos profesores, por lo cual puede ser considerado como un método de evaluación entre pares interesante. (Le interesa: Evaluación entre pares, el siguiente paso para las universidades).

Ahora, cuando las insignias forman parte de nuestros currículos o portafolios, ofrecemos una evidencia de nuestras habilidades y cualidades, así como de nuestros intereses y motivaciones. Por eso, la dinámica laboral lleva a que sus egresados envíen sus hojas de vida con mucho más que una foto y su historial académico, y quienes desean emprender ni siquiera lo necesitan.

Es momento de abrir las puertas a lo nuevo que, por ser desconocido, no significa que sea malo. Debemos comenzar a ir a la par de las necesidades de las nuevas generaciones, ahí está la clave para una transformación digital real.

A mis sobrinos, por ejemplo, les encanta Duolingo, un sitio web y proyecto social destinado al aprendizaje gratuito de idiomas. Lo interesante de esta plataforma es que además de certificar el nivel del idioma seleccionado, les entrega reconocimientos por sus avances como si fuera un juego. Ahí destacan las insignias y los lingotes, que luego pueden cambiar por pequeñas aplicaciones en la tienda virtual.

Incluso, pueden conectar con su cuenta de Facebook, ver el progreso de sus amigos, invitarlos a unirse y compartir con otros sus inquietudes en foros. Están aprendiendo de una manera diferente, entretenida, se exigen a sí mismos, al tiempo que les ayudan a promover la competencia sana y la disciplina.

Como universidades, ¿por qué no tomamos el riesgo y lo vemos como una oportunidad para ir un escalón más arriba?, ¿por qué no sumarnos a estas pequeñas y grandes comunidades, que ya validan su uso, y ayudamos a transformar la educación?, ¿por qué no innovar y entregar a nuestros estudiantes, Millennials y Centennials, las herramientas que quieren y necesitan para mejorar sus procesos de aprendizaje?

Tomar la decisión de transformarse es el primer paso, y sin duda le dará a su institución un diferencial enorme, porque le apuesta a la formación de profesionales más conformes y competentes. Al principio será un desafío, pero muy pronto comenzará a dar frutos, pues reforzará en sus alumnos la conciencia sobre su propio aprendizaje y el logro de metas para visualizar el éxito… factores de motivación y de formación integral para la sociedad que queremos.

Andrés Núñez