Blog Andres Nuñez

El trofeo y la medalla de mi padre: un ejemplo de Aprendizaje Social

Cuando era pequeño, al despertar veía siempre en mi cuarto un trofeo y una medalla que mi padre se había ganado en un torneo de basquetbol, en sus años universitarios.

No tengo claro si mi padre dejó ese trofeo y esa medalla a propósito en un lugar tan adecuado, pero lo que si me queda claro es que ese sencillo ejemplo ha influenciado positivamente a dos generaciones y se ha convertido en una perfecta demostración de la fuerza del aprendizaje social.

Al consultarle a mi padre por la procedencia de esa medalla, me contaba historias de los tradicionales torneos que todos hemos jugado alguna vez en el colegio, en el barrio, o en la universidad. No eran historias de juegos olímpicos, ni de grandes torneos nacionales o intercontinentales. Eran historias sencillas de amigos que formaban equipos y competían por el honor de una medalla.

Esas historias y ese sencillo premio fueron el inicio de una vida en la que el ejercicio y el deporte han sido una constante. He sido siempre un deportista aficionado, podría decir promedio, pero recuerdo con mucha alegría los torneos de fútbol, natación y ciclismo en mi querido Colegio Rochester, compitiendo junto a quienes hoy siguen siendo mis mejores amigos. Recuerdo también los torneos de squash en la universidad y ahora la ilusión que me da el realizar carreras de triathlon.

Todas estas competencias eran locales, de colegio, universidad o barrio. Ningún gran torneo nacional o internacional pero para mí cada partido, cada final intercolegial o intercursos era como si fuera la final de un mundial de fútbol. Recuerdo con memoria fotográfica o con flashes memorables como me gusta llamarlos, cada jugada, cada gol, cada resultado. Recuerdo de forma vivida la sensación de alegría por el triunfo o la frustración por la derrota.

Son múltiples recuerdos de toda una vida como deportista aficionado, pero ninguno alcanza la sensación de satisfacción como cuando descubrí, que con mi ejemplo de regresar a casa con las medallas que me dan por finalizar un triathlon, había logrado continuar en mis hijos el legado que mi padre me dio al dejar en mi cuarto su trofeo y su medalla de basquetbolista.

Con mi esposa Caro siempre hemos querido que nuestros hijos hagan deporte por el simple gusto del mismo, por generar hábitos saludables y por el valor de la amistad, no necesariamente por la competitividad. Intentamos con natación, gimnasia, tenis, sin mucho éxito al principio.

De un momento a otro todo comenzó a fluir. Laura se interesó en el triatlón y Sergio en el fútbol. Hoy en día ambos se preparan para sus entrenamientos de forma autónoma y llegan con bastante anticipación a sus respectivas sesiones. Al regresar a casa nos cuentan fascinantes historias de amigos, jugadas, tiempos, frustraciones, triunfos, retos y esfuerzo.

Me emociona ver que están aprendiendo el valor del esfuerzo sin importar el resultado. Están aprendiendo el valor de competir contra ellos mismos y de buscar ser siempre su mejor versión. Están aprendiendo a dejar a un lado el orgullo de la comparación, sin huirle a la competencia. Todo esto al mismo tiempo que hacen amigos para toda la vida y entienden lo que significa ser parte de un equipo.

Ninguna medalla, ningún triunfo deportivo me da mayor emoción que el escuchar a mis hijos decir que finalmente se interesaron en el deporte cuando me vieron llegar a casa con mis medallas de triatleta aficionado, medallas que daban lugar a horas de historias que nos han convertido en una familia que disfruta el deporte.

Soy un apasionado del aprendizaje permanente y del aprendizaje social. Investigo y escribo sobre estos conceptos todo el tiempo. Lo invito a ojear una de mis entradas sobre el tema: Formación por competencias, el primer paso para el aprendizaje social. Tengo claro que aprendemos al observar a otros y al poner en práctica por nuestra propia cuenta esos aprendizajes. Tengo claro que debemos intentar por todos los medios ser ejemplo, pero que no siempre logramos aplicar lo que predicamos.

Por eso me emociona la simbología de ese trofeo y de esa medalla que mi padre dejó en mi cuarto y que al verlo todas las mañanas al despertar influenció mi vida y la de sus nietos. Tengo claro que la medalla es solo un símbolo, pero son las conductas y acciones que llevaron al logro de ese premio las que representan un ejemplo de aprendizaje social positivo.

No se trata siempre de ganar. Se trata de levantarse temprano a entrenar, de llevar una vida sana, de competir con camaradería, de ser parte de un equipo, de dar el mejor esfuerzo posible así el resultado no sea el triunfo. No es el talento lo que debemos alabar en nuestros hijos únicamente. Es el esfuerzo que hacen para aprovechar ese talento o para mejorar una habilidad promedio lo que debemos alabar.

Papá, gracias por ese trofeo. Gracias por todo lo que hiciste para lograrlo, por el ejemplo que me diste y aún me das y por las historias de amigos y torneos que me motivaron y hoy motivan a tus nietos a vivir una vida sana en el deporte. ¡¡Gracias por ser un buen modelo de aprendizaje social!!

Andrés Núñez

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