Blog Andres Nuñez

El poder del juego y el rol de la recompensa para motivar

Quisiera comenzar este blog de una manera distinta, qué tal con una retrospección… ¿Recuerda ese momento en el que estaba de pie, frente a un auditorio, estrechando la mano de un par de docentes y el rector, mientras todos lo miraban con orgullo al recibir su título universitario?

Solo tengo una palabra para describirlo: ¡Glorioso! Creo que no existe momento más gratificante, después de 5 o quizá 9 años de esfuerzo, de experiencias, de noches en vela.

Recuerdo cuando mi padre me decía que esa debía ser mi motivación más grande. Convertirme en un profesional que siguiera sus pasos y continuara con el legado que él construyó durante 35 años con tanta dedicación.

Aunque este fuera un motivo de peso para mí, esperaba otro tipo de incentivos por parte de la universidad y eso es de lo que quiero hablar en esta oportunidad. Nuestros estudiantes también esperan por ese instante de gloria, pero debemos impulsarlos en el camino, entregarles las herramientas que faciliten su proceso de aprendizaje y, por qué no, ayudarles a dar esa milla extra.

Si nos mantenemos en la inercia, esperando a que nuestros estudiantes lleguen a este día por su cuenta, seguramente nos quedaremos esperando. Los índices de deserción aún son una realidad y uno de las razones es la falta de motivación.

Debemos impulsarlos para acceder al conocimiento, desarrollar sus habilidades, su capacidad crítica y generar vínculos con la institución, con sus docentes, con la comunidad que los rodea pues finalmente deberán ser profesionales que aprendan para ser sociales. ¿A qué me refiero con esto? En mi entrada: Formación por competencias, el primer paso para el aprendizaje social, se lo explico con detalle.

Además de esto debemos ser más flexibles y eso lo comprendí hasta que me convertí en rector. ¿Flexibles con qué? Con los modelos educativos que implementamos, los que nuestros docentes utilizan en el aula, porque no es tarea exclusiva de ellos. Debemos ser capaces de adaptarnos a las necesidades de nuestros alumnos Centennials.

En ese caso, busquemos las mejores alternativas. Miremos al vecino y tratemos de extraer lo mejor de ese mundo para extrapolarlo al nuestro. ¿Ha escuchado o sabe qué es la gamificación? A mi parecer es una técnica útil para conseguir mejores resultados de aprendizaje ya que desde mi experiencia puedo decir que no hay nada más motivador, estimulante, desafiante y beneficioso que el juego.

Lo invito a leer mi entrada el poder de la gamificación para transformar la Educación Superior, si tiene la curiosidad de saber qué es, para qué sirve y qué herramientas son de utilidad. Si aún me sigue con esta idea, continuemos.

En medio de mis búsquedas, como el curador de contenidos apasionado que soy o bueno, que me considero, encontré este dato. De acuerdo con Newzoo, el proveedor líder de inteligencia de mercado en materia de juegos, el año pasado la industria de juegos latinoamericana recaudó un poco más de 4 mil millones de pesos, posicionándola como la segunda región emergente a nivel global… ¡La segunda!

Para este año se estima que la industria de juegos en dispositivos móviles genere más de 46 mil millones, lo que significa un 42% del mercado global si lo comparamos con computadores y consolas.

A esto le daría dos interpretaciones muy interesantes: la primera de ellas es que, evidentemente, estamos jugando más. La segunda, los dispositivos móviles son el medio predilecto para hacerlo. En conclusión, ¡sí! Debemos incluir espacios más lúdicos en nuestras aulas, no precisamente como si tratáramos con niños, pero sí teniendo en cuenta que las nuevas generaciones son altamente receptivas ante este tipo de dinámicas.

¿Tiene hijos, nietos o sobrinos que pertenezcan a la generación Millennial o Centennial? Yo sí y aunque a mis hijos les encanta el deporte y aún soy uno de esos padres que promueve las salidas al parque los domingos, también encuentran entretenidos los videojuegos, las apps, y es una inclinación frente a la cual no podemos discutir. Como dirían coloquialmente, hace parte de su ADN.

Sin duda existen debates, que no trataremos ahora, sobre el uso nocivo de las tecnologías, especialmente al momento de jugar, pero si las aplicamos con un propósito, un objetivo de aprendizaje claro, entonces podremos hacer la diferencia. El juego nos permite adquirir confianza, nos proporciona un fuerte sentimiento de satisfacción, de progreso, de superación y no existe dinámica que logre superar eso.

Hace poco mis hijos se sumaron a la ola de Candy Crush, ese jueguito en el que uno tiene que alinear caramelos. Aunque muchos no le vimos sentido ni gracia, debo admitir que después de jugar un par de niveles comprendí que lo tiene.

Para pasarlos se requiere agilidad mental, buena memoria y rapidez y así no la tenga, el juego le ayuda a desarrollarla. Al principio pensé que era ilógico que una app diseñada para el ocio tuviera tal alcance, pero noté el progreso. Incluso, expertos han hecho estudios y pruebas sobre su efectividad (5 beneficios de jugar Candy Crush que quizá no sabías).

Todo esto para llegar a lo siguiente: ¡Imagínese! Si un “simple juego” puede desarrollar este tipo de habilidades, piense el impacto que tendría uno de tipo educativo. A través de él podríamos enseñar a nuestros alumnos y docentes buena parte de las habilidades que se requieren para la era digital, tales como la capacidad de resolver problemas complejos, comunicarse y trabajar en equipo.

Incluso hay teorías que soportan el aprendizaje a través de la práctica y la experiencia. Está demostrado por diferentes estudios que con estímulos verbales (llámese clase tradicional o lección magistral) tenemos un 10% de tasa de recuerdo pasadas las 72 horas, es decir, que de todo lo que le decimos a nuestros alumnos en el aula, pasado un año, ya no se recuerda casi nada.

Pero si a esos mismos alumnos les mostramos 2.500 imágenes, con una frecuencia de 10 segundos por imagen, la tasa de recuerdo después de 72 horas sería del 90%, y eso no es lo más sorprendente, al cabo de un año recordarían el 63% de las imágenes.

Entonces, ¿por qué no darle la oportunidad a la gamificación? Estaríamos alineados con las necesidades de nuestros estudiantes, les ofreceríamos alternativas para desarrollar su proceso de aprendizaje y ayudaríamos a nuestros docentes a encontrar otras maneras de educar.

Eso sí, para subirnos en este tren lo primero que debemos hacer es jugar, porque a “gamificar” se aprende “gamificando”. Interioricemos el conocimiento y exterioricémoslo de una manera más divertida. Así generaremos, esas positivas que les permitirá a nuestros estudiantes sentirse motivados, impulsados para llegar al glorioso día.

Si lo hacemos bien, los llevaremos a varios días, pues se verán impulsados a no detenerse, a aprender todo el tiempo y es ahí en donde tenemos una oportunidad inigualable.

Andrés Núñez

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